Creo sinceramente que así como “no solo de pan vive el hombre”, tampoco “solo de un género musical se alimenta el espíritu”. Es algo que he manifestado en numerosas ocasiones con diversas personas. Si bien en ocasiones es complicado practicarlo.
Las personas nos nutrimos cada día con lo que comemos, y al ser conscientes de nuestro cuerpo físico nos preocupamos por comer algo que nos haga bien, y por supuesto también nos damos nuestros gustos satisfaciéndonos con aquello que nos causa placer al paladar.
¿Qué pasaría si solamente comiéramos una cosa? Ciertamente sería una vida muy aburrida. ¿Y qué tal si todos los días, a todo momento, comiéramos solamente eso que más nos gusta? Eventualmente acabaríamos hastiados y le perderíamos el gusto. ¿Qué tal si nunca nos arriesgamos a probar comidas diferentes a las que siempre consumimos? Podríamos estar perdiéndonos de manjares desconocidos, de sabores a los que quizás nos volveríamos fanáticos… y posiblemente también encontraríamos sabores desagradables o incomprensibles. En todo caso, la exploración de sabores y texturas nos dejaría una experiencia única y nos enriquecería enormemente.
Pues bien, con la música sucede exactamente igual.
A veces los afanes de la vida nos hacen olvidarnos de que nuestro espíritu también se nutre, y descuidamos su bienestar. Uno de los alimentos más importantes para el espíritu es la música. Si, además de las cosas que leemos, que vemos, de todo aquello que podemos percibir con nuestros sentidos como la pintura, las películas, las esculturas, las novelas, los cuentos, los chistes, etc., la música nutre nuestras almas de una manera muy importante.
Caben pues las mismas preguntas anteriores: ¿Qué pasaría si solamente escucháramos una cosa? ¿Y qué tal si todos los días, a todo momento, escuchamos solamente eso que más nos gusta? ¿Qué tal si nunca nos arriesgamos a escuchar sonidos diferentes a los que siempre consumimos?

Con la música sucede lo mismo que con la comida: consumes demasiado de algo, y te produce indigestión, o te intoxicas por exceso. Consumes poco, y no sobrevives. Consumes sólo una variedad, y no te nutres, jamás creces. Por prejuicio dejas de acercarte a alguna variedad, y puedes estar perdiéndote de maravillas.
Algunas personas se han sorprendido de ver en mi fonoteca personal, en la misma repisa, CDs de Wagner junto a Celine Dion, Gloria Trevi, Placebo, Massive Attack, María Mulata, colecciones de música llanera, música de anime, una extensa colección de música árabe, David Bowie, rock en español, CDs y DVDs de la pop-idol japonesa Ayumi Hamasaki, copias de los CDs que mi padre escucha de Rocío Durcal y Antonio Aguilar, Sandro, Rafael…. y por supuesto una masiva y en exceso completa colección de Pink Floyd (olvidando en la lista muchos otros artistas y géneros que andan por ahí entre disco y disco).
En resumen se puede decir que mi repisa musical es el infierno de cualquier “purista”.
¿Cómo puede coexistir toda esa música junta en mi repisa? Porque la necesito. Porque cada artista, cada género, cada sabor diferente me nutre en un momento diferente.
Así como cada alimento tiene su momento y su lugar, con la música pasa algo similar.
Sería hipócrita decir que no me gusta el reguetón o que no lo escucho, porque en realidad cuando voy a alguna discoteca lo escucho y en ocasiones lo bailo. No me voy a salir del lugar sólo porque no me ponen mi música favorita. Aunque si ponen regetón, o salsa, o vallenato, o hip-hop durante toda la bendita noche ahí sí que no me aguanto y me salgo.
También escucho a Wagner, aunque obviamente no espero bailarlo en una discoteca: a ese lo dejo para cuando estoy armando mis maquetas en papel. Para subirme el ánimo no voy a escuchar a Leonard Cohen: para ello recurro a la infalible Ayumi. Para leer no voy a poner como música de fondo a Calle 13 ni a Manu Chau.
Ya dije antes que en ocasiones es complicado practicar este ejercicio alimenticio. Por comodidad, afán, pereza, o por simple cerradez mental uno a veces comete el error de encasillarse en un solo estilo de comida (o en un solo género musical, o peor aún: en un solo grupo). Lo cual sutilmente va generando una intoxicación acumulada de la cual es difícil y traumático salir.
Hace unos meses me dí cuenta que se me había pasado la mano con un solo grupo, que ello me había vuelto no sólo incapaz de volver a disfrutar internamente de la variedad, sino que me había vuelto externamente intolerante a otras expresiones. En el último par de años olvidé casi por completo practicar lo que yo mismo creía acerca de la comida y la música.
Tengo que empezar una desintoxicación musical. Pronto les hablaré de mi primer paso en el proceso y de un par de bonitos descubrimientos musicales que he hecho en el camino.
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